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11/8/2007 Una misma Piel
El Juego de los Relatos. Mi relato continúa el de MADUIXETA http://irismaduixeta.spaces.live.com/ "¿Nos tomamos un café?"
Un sonido a silencio irremediable empapaba el bar y las miradas. Sofie penetraba con sus ojos inquietantes a un Pedro paralizado y cercano. No podían entender muy bien ese instante que estaban atravesando, nada los unía y todo a la vez. Un amor metido en los huesos de ambos que los hacía iguales en cientos de distintos. El sentirse, hasta antes de ese subte, casi dueño de…y descubrir que compartían una misma piel e idénticos gemidos. Del otro lado del teléfono Diana implotó sus respuestas, nada podía llevarla a hilvanar una sola frase, ni siquiera un “ah!” pudo devolverle a Pedro que aguardaba alguna palabra. Sólo cortó su teléfono y su respiración. Se quedó en el mismo centímetro de espacio en el que estaba, sin mover ni sus pestañas, un punto fijo hacia la nada vestida de la taza de café que bebía minutos antes de la decisión de llamar a Pedro. De pupilas abiertas era esa mirada, y no por haber consumido algo, o si, las palabras de Pedro: “estoy en un café con Sofie”, la habían inyectado de sorpresa y desesperación, en dosis capaces de provocarle hasta la muerte. Sofie destrozaba una servilleta inundando la mesa de papelitos y preguntas sin decir. Miró a Pedro y sin mediar modales buenos exultó: -¿Y?!Dale! -Nada, sólo cortó.
Diana había cortado algo más que el teléfono, el aire de ese bar fue atravesado por la certeza y la tristeza por triplicado. Sofie como queriendo remediar en algo ese clima enrarecido llamó a la camarera y le pidió dos cervezas, el café no haría más que cubrir de más vacío esos estómagos. Pedro se dejó pedir lo que Sofie ordenaba. Bebieron las dos cervezas a una velocidad extrema, como queriendo ahogar algo de todo lo que había dentro de ellos mismos. Una nueva ronda, pedida esta vez por Pedro, llegó a la mesa de aquel bar. Ambos sentían que de este modo podrían llevar mejor ese momento de extrañeza absoluta. Y así sucedió. Sacudidos e incentivados por el cero límite que produce tantas veces el alcohol, comenzaron a hablar de eso que los unía en su gran desconocimiento. Las caricias que le gustaban, la forma de tocarse el cabello, la mirada esquiva de las primeras horas de la mañana, la forma en que su cuerpo se contorneaba en cada orgasmo y el sabor sublime de su piel hecha agua. Era la misma, era esa, descripta de manera idéntica en los dos extremos del amor. La veían libre, la sentían cerca. La amaban. La Odiaban.
Diana se había lanzado al amor sin límites, y aunque ahora se escondiera en el refugio de las no palabras, había podido tocar de cerca la Libertad de sentir en colores y razones diferentes.
NOTA: la fotografía de las tres velas encendidas habla también en esta historia...
Para leer el resto de los relatos los ubico por orden de realización:
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