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12/31/2007 Día de Visitas (Por Jorge)
Hace unos días le pedí a mi Tío Jorge que escribiese un final para el relato, en el que yo había hecho el relato base. Me mandó un mail y me dijo que no iba a enganchar directamente con la trama del juego, pero que se le había ocurrido algo, más cerca a lo que hoy por hoy estaba sintiendo, tal vez, producto de las sensaciones que estos días provocan en uno. Me dijo: " a partir que leas este texto será tuyo, y podrás hacer con él lo que quieras", y lo que quiero es ponerlo acá, en este rincón, en el que por momentos me escondo y por otros me muestro. Ayer, 30 de diciembre me fui a dormir con una sensación hermosa, y eso me lo provocó el texto de mi tío, y le dije que no podría haber pasado mejor la última madrugada del año que con eso en el corazón. Por esto y muchas cosas más...decidí subirlo a este espacio, mío, y de todos los que por aquí caminan...
Todos los personajes de esta historia son reales, desconocidos para la mayoría, y muy conocidos para otros...todos se fueron un día, allá donde todavía no sabemos el camino. Todos siguen estando en NOSOTROS, ese NOSOTROS del que tantas veces les hablé acá.
Releo y siento de nuevo...¿quién puede decidirme que esas presencias no fueron las que hoy me abrazaron mientras dormía?
¿Acaso no fue él, El Flaco, Mi viejo, el que hizo que este lazo, entre vos y yo Tío, se hiciese más y más grande?
---------------------------------------------------------- DÍA DE VISITA (Por Jorge Nieva)
—¡Falta envido! —soltó Raúl, con gesto firme y apremiante. Los dos más jóvenes se miraron con cierto titubeo. Un buen semblanteador hubiera adivinado sonrisas sobradoras en sus caras. —Déle, compañero —dijo Edgardo. —Quiero —fue la respuesta del Flaco, sin mayor convicción. —¡Treintaidós! —exclamó Raúl, apurado, golpeando las cartas contra la mesa. Edgardo se río con ganas, con esa risa contagiosa que muestra a pleno la dentadura. El Flaco, suavecito, apoyó los naipes bajo las narices de Raúl y los desplegó. Juan meneó la cabeza. —Nos cagaron de nuevo, Raúl —aseguró. —Trein-tay-tres —silabeó el Flaco, y se plegó a su compañero en el festejo. —¡Qué culo que tienen, Juan! ¡No se puede creer! —protestó Raúl. Federico juntaba los restos del asado. Le guiñó un ojo al Flaco y, sonriente, sin soltar el pucho de entre los labios, le dijo a Juan: —Les avisé que los vigilaran. Éstos meten los ganchos. Llegó el Alemán; traía las manos llenas de tierra de arreglar los canteros de flores. —Che, —dijo— ¿vamos o no vamos? Hoy es día de visita. —Claro que vamos —casi ordenó Élida frunciendo el ceño. No podemos faltar, menos en ésta fecha. Y cerró la carterita con delineadores, coloretes y otras yerbas. Marina apoyó la moción. Se levantó y agarró la cartera, siempre a mano. —Yo ya estoy lista —dijo. Hilda juntó las cartas del solitario y se levantó. —Yo también, acompañó.
No todos tenemos, no diría sensibilidad, sino la misma capacidad innata de percibir, de sentir, de sospechar, tal vez, esas presencias. Mirta lo vió, y si lo vió, lo vió. Y se lo contó a las chicas con la más absoluta convicción. Punto. ¿Alguien puede discutirlo? Pero vió a Eduardo, nada más, y Papín y Mamina estuvieron allí, de eso no hay duda. ¿Algunas presencias son más etéreas que otras? ¿Cada una tiene su tiempo? ¿O depende de uno mismo? Nadie tiene las respuestas. Quizá Olga, Ale, Emi y Ceci hayan soñado más intensamente. O Ñata se haya levantado de noche para ir al baño más de lo acostumbrado. O Titín a tomar agua más de lo acostumbrado. O Stella le haya preguntado a Juan Carlos si él no pasó una noche rara. O Rosa, Valeria, y Cristian allá lejos, hayan dado vueltas en la cama sin saber qué les ocurría. Todo el grupo de amigos se irá, por estos días, a dormir con pensamientos más intensos y transparentes. Las memorias estarán perfumadas de los mejores recuerdos. Lo cuerpos estarán pesados por la comida en exceso pero las almas, livianas, se dejarán guiar hasta donde ellos quieran llevarnos. Yo me arriesgo a decir lo que me pasará: El lechón de fin de año lo haremos junto con Federico; mi vieja pondrá la mesa con Marina, contenta porque estrena mantel y servilletas; de a ratos charlaré con Hilda sobre Rosas y Calfucurá, viajaré en el micro con Edgardo por todo el país, hablando de lo que se nos ocurra; antes de salir cruzaremos unas palabras con Raúl, de pesca, quizá, o de fútbol. Patrullaré la noche con Walter, riendo y mateando, y hablando con la soltura que nos da esas horas. Con Juan encenderé el fuego en el camping de Segba, entre bromas y risas. Élida, constante como siempre, esperará que me despierte y le pedirá a la chica del balneario que traiga una jarra de clericó, y hablaremos de los nietos. El sábado me levantaré sobresaltado porque oiré detenerse a un auto en la puerta. Pero no habrá nada. Por las dudas, me lavaré la cara, pondré la pava a calentar y prepararé el mate. Hojearé el diario, tranquilamente, y esperaré ¿Quién me asegura que no aparecerá el Flaco con una golosina para Cata y Jose? 12/22/2007 PARÉNTESISUn Paréntesis es sólo eso, no es punto seguido, puede ser final, cerrado o tres puntos suspensivos... Es un segundo en miles de horas, sólo un segundo. Y vivirlo es sólo eso, atravesar ese pequeño fragmento de tiempo sin querer que sea eterno, sabiendo de antemano que el final es el inicio terminado que se vive...(entre paréntesis) Para Vos y para mí (que estamos entre paréntesis) y seguimos sintiendo...en puntos suspensivos Y de nuevo la distancia y el paréntesis borrado.Seguiremos escribiendo sin nombres que nos nombren.Andando sin andar la misma ruta ni la misma dirección.Abrazando en otros brazos.Gozando en otros cuerpos y otros placeres menos buenos.Besando en labios con otras bocas que las nuestras.Permaneceremos atados a la libertad de nosotros.Viviendo de ratos y resucitando al compás del segundo.Muriendo de ganas de inventar otros paréntesis.Mientras los puntos seguidos se suceden sin permiso.Ametrallando recuerdos que carcomen el alma.Acostumbrándonos a este presente que nos borra y nos dibuja de nuevo.La incertidumbre de un futuro cierto en los imposibles.Ahí quedamos suspendidos.En una pequeña porción de tiempo y espacio.Camuflados.Racionados.Delirantes de una historia que se ahoga antes de empezar a respirar.Con por qué que dan vueltas y vuelven al mismo lugar.Y tal vez que consuelan pero no curan.Una risa regalada en una cama.Un te amo mitad recuerdo mitad latido.Una espina incrustada hasta la muerte y más también.Un amor que mata.Y no muere.
12/12/2007 OTRO JUEGO DE LOS RELATOSDEL JUEGO PROPUESTO POR VALERIA Noviembre 2007 http://valeriasicur1971.spaces.live.com/default.aspx
(relato base Por Mara)
Besos y Flores
Una mirada común y extraña al mismo tiempo. Eduardo estaba parado justo en ese rincón del dormitorio, con ese porte tan de él, de manos en los bolsillos cuando usaba pantalón de vestir, alto, flaco, cierto. La miró sonriente, sin decir más que lo que esos ojos chicos podían decirle. Mirta se quedó en la cama, inmóvil, sorprendida, rara. Se preguntaba si era verdad lo que estaba viviendo, o si un sueño generoso la había acercado a ese instante. No se animó o llevar su cuerpo hacia ese rincón de cuarto que lo estaba teniendo; miedo de romper el sueño, miedo a lo real desvestido de posible. Al día siguiente, Mirta, recordó el encuentro, lo sintió en su piel, lo lloró en sus ojos, lo disfrutó en la extrañeza; y la pregunta repicaba incansablemente. ¿Fue o no fue? Se acercó al pequeño cajoncito que guarda partecitas de alma y cuerpo, al menos hace bien creer que así es, besó la foto que mostraba a Eduardo con una amplia sonrisa, llena de calma, como anuncio de su estado presente, como deseo que eso al menos sí sea cierto. Fue hasta la cocina y cargó el florero de agua, lo dejó sobre la mesada y fue hasta el jardín, arrancó unas ramitas de esa planta a la que él le había dado vida, las puso en agua y adornó su foto. Otro beso dado a tiempo, capaz de atravesar la fría madera de ese cajón. Otro día, igual a ese todos los días, en que ella le regala… nuevas flores.
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Iré subiendo los tres finales restantes a medida que se vayan realizando.
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Dudas (Por Pablo)
Una mirada común y extraña al mismo tiempo.
Eduardo estaba parado justo en ese rincón del dormitorio, con ese porte tan de él, de manos en los bolsillos cuando usaba pantalón de vestir, alto, flaco, cierto.
La miró sonriente, sin decir más que lo que esos ojos chicos podían decirle. Mirta se quedó en la cama, inmóvil, sorprendida, rara. Se preguntaba si era verdad lo que estaba viviendo, o si un sueño generoso la había acercado a ese instante.
No se animó o llevar su cuerpo hacia ese rincón de cuarto que lo estaba teniendo; miedo de romper el sueño, miedo a lo real desvestido de posible.
Al día siguiente, Mirta, recordó el encuentro, lo sintió en su piel, lo lloró en sus ojos, lo disfrutó en la extrañeza; y la pregunta repicaba incansablemente. ¿Fue o no fue?
Sus dedos latían en una pálida cicatriz, de esas que se desvanecen de la consciencia; añadía pétalos, con cada me quiere, con cada me ama, a una flor imaginaria; sentía nuevos espacios en su piel; y, a pesar de todo, un matiz de duda temblaba en sus labios. Tomó el teléfono y marcó el número que ardía en su memoria. Cortó antes del primer tono.
¿Qué te dicen los huesos? Se cuestionó, pero su mente repetía su rostro, sus rasgos eternizados en un bondadoso ensueño.
Mirta se abrazó, escuchó su corazón y siguió escuchándolo un buen rato.
Encontró un calcetín bajo la cama, solitario, azul, con cuadros rojos, que olía a calcetín.
Pronunció su nombre. Eduardo. Dulce Eduardo.
Contempló su mirada en el espejo, sonrió, llamó y le dijo:
Ayer soñé contigo ---------------------------------------------------------------------------------------
ESCRITO POR ELENA:
TÍTULO: "Un fragmento de Amnesia" Una mirada común y extraña al mismo tiempo. Eduardo estaba parado justo en ese rincón del dormitorio, con ese porte tan de él, de manos en los bolsillos cuando usaba pantalón de vestir, alto, flaco, cierto. La miró sonriente, sin decir más que lo que esos ojos chicos podían decirle. Mirta se quedó en la cama, inmóvil, sorprendida, rara. Se preguntaba si era verdad lo que estaba viviendo, o si un sueño generoso la había acercado a ese instante. No se animó a llevar su cuerpo hacia ese rincón de cuarto que lo estaba teniendo; miedo de romper el sueño, miedo a lo real desvestido de posible. Al día siguiente, Mirta, recordó el encuentro, lo sintió en su piel, lo lloró en sus ojos, lo disfrutó en la extrañeza; y la pregunta repicaba incansablemente. ¿Fue o no fue?. ... Había sido. Quizá era el mejor tiempo verbal que podría emplearse. Mirta conoció a Eduardo en los años de colegio, cuando ambos se aburrían y se mandaban notitas en trozos de cuaderno de cuadros en la clase de matemáticas de quinto de primaria. Una sonrisa le trae el recuerdo de su primera reprimenda, cuando el profesor los cogió a ambos de las orejas y los sacó de la clase. Desde ese día, fueron los mejores amigos. El primer secreto a medias, el primer cigarro a medias, las primeras lágrimas...incluso el primer beso, de esos curiosos, de probar cómo es eso que dicen que se hace uniendo los labios, así, pero con lengua. Pero eran diferentes. Eduardo siempre fue muy buen estudiante. Mirta siempre tuvo muchos novios. Era una chica rebelde. A los 16 se marchó de casa y desapareció una semana. Por supuesto, Eduardo la siguió en su aventura. A los 18 se marchó a Barcelona definitivamente. Eduardo se quedó en Madrid. No volvieron a verse en años...no por lo lejos, sino por lo distante. La vida, las personas, ya se sabe. Ahora había vuelto. Después de 8 años. Se encontraron, de repente, en el metro. Eduardo trabajaba en un despacho de abogados cerca de Nuevos Ministerios, Mirta iba a consultar algunos libros a la Complutense, estaba investigando sobre arte contemporáneo en los países nórdicos para pedirse una beca a Copenaghe. Unas risas, un nos vemos luego. Una cena por los viejos tiempos, unas copas de más. Unas miradas de complicidad, un puñado de recuerdos...y un fragmento de amnesia. Intentó hacer memoria... Cuando se despertó, se lo encontró mirandola con la misma cara de niño de entonces. Con esa mirada común y extraña al mismo tiempo. Recordaba haber entrado en su habitación. Recordaba haber entrado en su cama. La misma cama desde la que esa mañana, atónito, se quedó observándolos el destino. Él, siempre tan sereno y tan a cargo de todo, le dijo, anda, date una ducha. Ella, siempre tan experta en hacer como que no ha pasado nada y en salir huyendo de los problemas, le obedeció por una vez en su vida y se quedó en silencio. Desayunaron y se despidieron con un beso en la mejilla. Se contaron sus planes para el resto del día, él salió a despedirla y quedaron en verse... Existe un mecanismo de defensa humano que nos aleja, de manera inconsciente, de aquello que no nos es recomendable...a veces, borrando los recuerdos que no deben guardarse...a veces dibujando silencios que debieron gritarse...aunque esta vez no debieron, nunca debieron quedarse guardados...Porque aún, en la mente de Mirta, la pregunta repica incansablemente...¿Fue o no fue? ----------------------------------------------------------------------------------------------
"El broche violeta" (escrito por Azo)
Una mirada común y extraña al mismo tiempo. No, no fue un sueño. Seguía desnuda bajo las sábanas y se incorporó, sentándose en la cama y abrazando sus rodillas, dirigió su mirada alrededor de la habitación buscando algo. Algo que la sacase de ese estado casi catatónico en el que estaba sumida. Nada. Se levantó despacio y puso sus pies sobre la moqueta ... lloró. Lloró cada vez más convulsamente. Se encogió sobre su estómago y cayendo al suelo, vomitó. Ella lo había abandonado todo por él. Por esa promesa de amor de él. Y él la amó para luego decirle adiós como si solo fuese un accidente en su vida. Una más en su larga lista de amantes. Tendida en el suelo aún, y con la puerta del baño abierta, vio su imagen reflejada en el espejo, y a su lado el briche que Eduardo le regaló hace seis años. Una flor violeta que remataba un largo y afilado estilete. Y toda la niebla de su mente desapareció. Habían hecho el amor como jamás antes en su vida, después, salieron a pasear por la playa. En una noche fría con una casi absoluta oscuridad, Eduardo le dijo que nunca volverían a verse, que había sido estupendo y que era maravillosa. Siguió hablando, pero Mirta no escuchaba nada. Se sacó el broche del pañuelo y encarándose a él, lo hundió sin miedo en su pecho. Lo vio caer fulminado, probablemente, y por pura casualidad, fue directo al corazón. Lo miró, y dando media vuelta, regresó al hotel. Se desnudó y se metió en la cama. Al fin y al cabo estaba cansada. Y se durmió.
Fin. Amparo - Diciembre 2007
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