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    10/17/2008

    La Fidelidad es una circunstancia (Zas, Columnas Femeninas)

     2  La Fidelidad es una Circunstancia  Por Mara

    Toda una sentencia. Toda una Verdad. Mi verdad al menos. Mi acercamiento a una posible verdad. ¿Mi experiencia?

    Las relaciones monógamas están directamente relacionadas con la cultura que nos atraviesa. Somos monógamos por ser occidentales, dejemos lo de cristianos para los cristianos.

    Si hubiese nacido en Oriente, seguramente, no tendría sentido escribir esta columna. Pero nací acá, en los Chilaveres, así que me toca el tema y yo decido tocarlo.

    La fidelidad y su contrapartida, la infidelidad, siempre han estado revoloteándome. Siempre ha sido un tema recurrente en mí. Dos extremos en los que me he movido, y torcido, claro, más de una vez, o, todas las veces, pa ser sincera.

    El título que da sentido a esta exposición, nunca mejor empleada la palabra “exposición”, porque me expongo, muestro, digo, escupo, vidriera peligrosa, pero real. ¿Catarsis? ¿Sincericidio? Arrojo, en definitiva, de lo que tengo ganas de arrojar.

    Esta sentencia de: “La Fidelidad es una Circunstancia” nació hace muchos años. La primera vez que la utilicé, que salió de mí como granada decidida a generar algo en el otro, fue en una charla de amigas. Recuerdo que fue en unas vacaciones, tomando mate una tarde de calor. Así nomás dije: La Fidelidad es una circunstancia. Y ahí nos quedamos todas, pensando, releyendo pasos de nuestra turbulenta vida, a veces turbulenta, otras tantas no; pero como abrazando, en mi caso al menos, siempre las mareas más revueltas, más complicadas, más peligrosas y difíciles de descifrar (esencia que le dicen, “ser así” que le digo). Y ahí nos quedamos filosofando por horas en torno a esa frase, que pasa los límites de la semántica, de la retórica y de la racionalidad misma de las cosas. La pregunta surgió, casi espontáneamente:- ¿a qué te referís con circunstancia? Detenerse en esto. Porque no se me preguntó:- ¿a qué te referís con fidelidad?, y no circunstancia. Evidentemente esas cabecitas estaban buscando más las circunstancias que pueden provocar el hecho, que el hecho en sí. Dije, haciéndome la catedrática del tema:- “me refiero a que sí es una circunstancia, porque nadie sabe si en verdad el amor de la vida de uno se encuentra instalado en Kamchatka, por ejemplo”. ¿Cómo saber y asegurar que no está ahí? ¿Cómo saber, a ciencia cierta, que el amor del presente será el del futuro? ¿Cómo poner las manos en el fuego por una misma cuando aún no nos hemos cruzado con este habitante de Kamchatka? De todas esas preguntas fueron surgiendo otras tantas. Y así estuvimos toda la tarde intentando llegar a un punto que nos acercara en todas nuestras diferencias, porque claro que no todas coincidíamos en esta apreciación mía.

    No es que nunca he estado enamorada y entonces es que digo lo que digo. Aún habiendo amado mucho he sostenido esta teoría, y es algo que seguiré sosteniendo, porque realmente creo que es así.

    Mis ojos siguen siendo mis ojos, y por lo tanto sigo usándolos pa lo que me fueron entregados: para mirar. Y lo mismo con mi corazón y carne, me fueron dados para sentir, para que palpiten. Entonces, ¿cómo puedo yo saber que sólo latirá por el que hoy late? ¿Cómo puedo asegurar que no latirá, así nomás, por ése que aún no conozco? Y que tal vez nunca conozca, pero, como no sé si voy a conocerlo algún día, uso la misma lógica como para decir “para toda la vida”. Quiero detenerme en este punto del “para toda la vida”. Uffff.

    No he pasado por el altar. No he jurado amor eterno frente a ninguna sotana. No he mirado fijo a los ojos a alguien diciendo la frase: “en la adversidad y en la prosperidad”. No he. No he. No he. No me he casado, claro está. Y si acaso lo hiciese, no serían creíbles en mí semejantes afirmaciones. No critico a quien las dice sintiéndolas realmente. Me baso en mi experiencia y me decisión de vida. Donde elijo lo que elijo porque tengo ganas de elegirlo, acertando, errando, son sólo dos escalones de una misma escalera; y subo o bajo, depende la suerte o la desgracia.

    Me pregunto: ¿Qué sería la adversidad? ¿Qué sería la prosperidad? ¿La adversidad puede ser un mal momento económico? ¿La prosperidad sería lo contrario? Poniendo como parámetro esto no compro, definitivamente no compro, porque basar el amor de acuerdo a la moneda me parece horroroso. ¿La prosperidad tendrá que ver con: la tolerancia, la paciencia, el aguante, el conformismo, la resignación? ¿La adversidad tendrá que ver con hacer concretos todos los puntos señalados en la pregunta anterior?

    Si la adversidad es hacer soportable lo insoportable, no puedo prometer estar en esa adversidad. Si la prosperidad es poner siempre la otra mejilla y seguir pa delante, no puedo prometer estar en esa prosperidad.

    Me fui un poco de tema, pero me pareció oportuna esta aclaración. Me puse seria. Parece que el tópico daba más para la reflexión que para la risa, dejaré que fluya como tenga que fluir.

    Definirme como “infiel por naturaleza”, como muchas veces se me dijo, es definir al ser humano, más que a mí misma. Se reconozca o no. Somos animales. Por más que nos creamos humanos. El tema es permitirse esta condición animal, no desde lo peyorativo del término, sino desde lo real del mismo, o no darse lugar para este instinto, tan natural como el hecho mismo de respirar.

    Volvemos al inicio: la cultura nos atraviesa, y somos por y en ella: “el habitus”, según Pierre Bourdieu, “habitus de clase”,  el cual se encuentra atravesado por la cultura que nos recorre. Nuestro habitus nos define, a lo largo de nuestra vida. Hay quienes reniegan de él y no lo aceptan, y hay quienes se llevan mejor. Y más allá de la negación de ese “habitus”, él nos hace en forma y fondo.

    Infiel por naturaleza es toda una sentencia, lo sé. Pero volviendo a la premisa que dice que: “nuestro amor de la vida puede estar instalado en Kamchatka” y no llegar nunca a la instancia de conocerlo; tampoco puedo llegar nunca a la afirmación de fiel, tanto en la prosperidad como en la adversidad.

    Una asociación que no quiero dejar de citar: me compré esos zapatos que tanto me gustaban, y dije: -“¡ay! son los que más me gustan de todos”. Esto hasta que pasé por el negocio que quedaba a 20 cuadras de éste, y ví otra vidriera, y me enamoré de otros.

    Una circunstancia, en definitiva, la misma que nos hace ser fieles o infieles, según la circunstancia.